- Bueno, al menos esos sentimientos, no llegaron a tirarlos al cubo de la basura. Andan por algún lugar, por ahí, dando vueltas. Mientras el viento los arrastra. Hasta que algún curioso abra el papel y aún así, arrugado, volveremos a estar juntos. De todos modos tengo suerte.
- ¿Por qué?
- Pues porque influyo en el tiempo, manejo los vendabales, la lluvia, la tormenta... creo que soy como una diosa de los temporales.
- Entonces ¿Puedes solucionarlo, no?
- Sí, solo que debo permanecer tranquila para que salga el Sol en invierno y sus rayos, llenos de amor penetren en su pobre cabeza y entonces me recuerde y se de cuenta de que no hay otra como yo, de que mi mente es tan comprensiva, tan vulnerable y tan alucinante como la suya. Porque nos hicimos uno. Él como yo, yo como él y todo por una gilipollez. Porque yo soy una auténtica descerebrada. Tal vez le de por buscarme y me encuentre ¿quién sabe? Y tal vez se le ocurra, se atreva a besarme justo como a mi me gusta.
- Y ¿cómo te gusta?
- Suave, despacio, dulce y un poquito amargo porque sino no es divertido. Fue una mentira bonita. Sus ojos decían una cosa y sus labios otra como la Mona Lisa solo que él era ¿Qué era? No lo sé bien pero algo muy hermoso. La verdad es que yo no sabía si creer en el azul o en el rosa ¿me entiendes, no? Si en sus ojos o en sus labios, es que sus labios eran rosas.
- ¿Su pelo?
- Sí, me hubiera encantado acariciarlo solo que no quería provocarle un dolor de cabeza. Intuía pero no sabía y al final bueno, mejor no decirlo. Le detestaba y a la vez le deseaba. ¿Ambivalente? Pues sí como aquel libro ¿Como se titulaba? Sí, aquel, el que escribió el Arcipreste de Hita. Ah, sí. "El libro de buen amor". Una auténtica locura para una niña que ya está amargada. Tan pequeña, andando sola, cruzando las calles sola, durante ¿cuánto tiempo? Por lo menos una hora. "Abre la puerta solita y quédate sola toda la noche, prepárate tú misma la cena con tan solo ocho años y vuélvete loca porque no aciertas a saber como van esas dichosas ecuaciones". Me hicieron sentir odio, rabia pero luego le conocí a él. ¿Existe algo más triste? Seguro que sí. Fui a caer en las peores casillas y no sé por qué pero sé exactamente por qué. Los dados estaban trucados desde el principio porque no, no fue mala suerte. Pensé en un amuleto, una castaña en tu bolsillo, una hoja que cae sobre tu cabeza y piensas que es un regalo para ti y la guardas, sí, la guardas, entre las páginas de un libro. Pero luego me di cuenta de que nada de eso servía porque son ellos. El hombre del lápiz, el Mago de Oz. Ellos son los que tienen el poder y seguirán escribiendo y seguirán dirigiendo solo desgracias porque yo he nacido para ser desgraciada. ¿Qué tengo que hacer para que mi historia sea feliz y bonita? ¿Entregar mi alma? Sí, una vez la entregué a cambio de mi voz que es de niña rota pero no por dinero sino por amor como aquel que solo existe en mi mundo y que acabó vendiéndose después de ser un diamante salido de las tinieblas. Y, aún así, jamás dejó ver su verdadera belleza porque, sí, no estamos en el cielo. No temo la muerte, no temo la enfermedad. En realidad nada de lo que tengo que parece que es mío lo es en realidad. Es prestado y lo que es mío está estropeado aunque sé perfectamente que no he sido yo quien lo ha hecho. Estropeado, sí. Como mi pobre cabeza que aún conserva algo de encanto. Como ese peluche despelujado a quien te resistes a tirar a la basura porque conserva algo hermoso, como ese niño que no hace más que romperse la crisma contra la pared pero que tiene una risa burbujeante y sus burbujas te emborrachan como el champang. El champang, sí, pero no en Navidad porque no son cínicas sino puras como rezar siendo ingenuo.
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